Se ha publicitado el cálculo de los días de vida ganados por los habitantes de Los Cerrillos gracias a la Línea 6 del Metro. Cien mil habitantes que se desplazan diariamente, ganan media hora en cada viaje. Cien mil horas de viaje ahorradas diariamente. Esto equivale a 10 días de ocio, de familia y de libertad ganados por los usuarios de la nueva línea de Metro. El tiempo aparecido se convierte en materia de políticas públicas.

Lamentablemente, las medias horas ganadas aquí y allá jamás serán sumadas. Algunos ganarán minutos de sueño y otros dispondrán de inapreciables instantes de amistad pero no habrá flexibilidad alguna que permita agrupar los fragmentos de tiempo recuperado.

Dos millones quinientos mil personas usan el Transantiago en cada día laboral. Supongamos que las cosas han mejorado y que en la actualidad cada usuario pierde solo una hora diaria –adicional a la tardanza premoderna de 2006- de sus vidas. La misma proyección del inicio nos entrega una cifra de 625 millones de horas perdidas cada año por los santiaguinos. Esta cifra incomprensible se traduce en que cada usuario perdió 10,5 días de su vida secuestrados en buses, paraderos y veredas aplanadas. ¿A dónde se fueron esas horas interminables y esos días perdidos de su vida? Ellos no se esfumaron, se pegaron a los cuerpos en tránsito como lastres arrastrados por fantasmas.

Los restos de tiempo liberados ahora de la movilización masiva, seguirán formando parte de un flujo inmanejable de las horas del día. Los que viajan en el transporte público no son dueños de su tiempo. A poco andar los minutos recuperados se reintegrarán al flujo rutinario de los pasajeros de buses y metros. En estos viajes, la conciencia se ha reducido a funciones de equilibrio y protección del cuerpo en una somnolencia parecida al insomnio, una duración atemorizada y opresiva, fatal y cotidianamente condenada a la repetición de su pesadilla.

Ninguna política pública logrará restituir a las personas la unidad del tiempo perdido. Aunque se hiciera la suma teórica de los tiempos recuperados nadie parece dispuesto a imaginar un sistema de ahorro de minutos, canjeable por vacaciones. Los ingenieros imaginarios de la política se preguntan por la productividad del trabajo sin considerar la pérdida de sentido económico involucrada en la pérdida masiva de tiempos de espera y de traslado. El problema ya no es el trabajo alienado de sus medios de producción sino, más grave, es el trabajador alienado de sí mismo. Un sueño de autómatas se mueve en Metro, un trabajo sin trabajador, igual un tiempo sin final, en que el viaje ha sido separado del viajero y se repite eterna y circularmente.

Lo importante de la ganancia anunciada con alegría en el día de la Línea 6 del Metro, es que la medida del tiempo de la gente es relevante y que hacer política para cuidarla es posible. Las pérdidas o ganancias de tiempo pueden ser materia de políticas públicas. Nos han convencido de que el cuidado del tiempo de las personas está implícito y es obvio en las políticas de transporte y por lo tanto no debe preocuparnos. Tirando de esta hebra se descubre el fraude de incompetencia que sustenta el sistema político y técnico que estamos reproduciendo.

Seguramente hay motivos para no incorporar el tiempo entre los bienes que son dañados y que están sujetos a ser reparados. Las obligaciones en torno al tiempo, implicarían para  empresas y gobiernos, programas de trabajo de una seriedad desconocida. Obligarse a asumir compromisos medibles y cumplirlos es incómodo y es complejo. Pero si queremos cambiar la política y mejorar nuestras vidas, debemos valorar en serio y reorientar el enfoque de las políticas públicas en las personas. El resto es una contabilidad complaciente.