Una de las historias más fascinantes de “Las mil y una noches” es la Historia del Jorobado. En ella, un jorobado muere atragantado con una espina de pescado en la casa de un sastre. Para no ser acusados de asesinato, el sastre y su esposa deciden dejar el cuerpo en las escaleras de la entrada de su vecino médico, tocan el timbre y escapan. El médico, al salir tropieza con el cuerpo del jorobado muerto que rueda por las escaleras, y, pensando que lo había matado, decide también deshacerse del cuerpo. Y entonces lo arroja a la casa de su vecino, proveedor del sultán, por la chimenea. Cuando este lo ve, cree que es un ladrón y, sin pensarlo le pega un martillazo en la cabeza y, según él, lo mata. Para no ser acusado de asesinato, lo lleva durante la madrugada a la calle y lo deja de pie apoyado sobre una pared, de mañana, cuando pasa un rico mercader caminando distraído, el cuerpo del jorobado le cae encima, y el mercader, pensando que lo atacaban, le da unos golpes de pie y puño y lo “vuelve a matar”.

El problema de la centro izquierda chilena no es ese siutiquismo gramsciano de lo muerto que no termina de morir, y lo nuevo que no termina de nacer. Lo nuevo en la izquierda chilena nació, creció y floreció hace rato. El problema de la izquierda chilena es que no sabemos qué hacer con el cadáver. No somos capaces de aceptar que ya está muerto, y cuando lo asumimos, inmediatamente queremos cargárselo a alguien. El 2009 me tiraron a mí el cadáver al patio. El 2013, la DC culpó al PC y a la entrada al gobierno de la retroexcavadora del PPD. El 2014 culparon a Peñailillo y su G-90, y también el 2014 culparon a Bachelet. Todo lo que desde adentro de la Concertación –hoy nueva Mayoría– huele a joven, a exitoso, o a electoralmente novedoso, termina, en su patio, con el bulto pestilente de aquello que ya murió hace rato, pero que los inquilinos de la Concertación se niegan a enterrar.

Hoy el jorobado del cuento es Guillier. El PS y el PC elijen un candidato sin experiencia política y despreocupado, y en vez de fortalecerlo y armar un buen programa, se dedican a cuotear su entorno. Porque todos tenemos fallas y hemos cometido errores, yo el que más. Pero una cosa es un error, y otra es elegir como candidato de la izquierda a alguien que fue vocero y defensor de las isapres, que le metió cámaras al Juez Calvo, que relacionó, igual que Kevin Spacey, la homosexualidad con la pedofilia, y que suelto de cuerpo señala en una entrevista en papel cuché, que hubiese preferido votar por Piñera el 2009. Guillier representa perfectamente el cadáver de lo que fue la Concertación. Representa en su flojera la fatiga de los héroes de la transición, en su independencia el desgaste e inútil de lo apolítico, en su entorno, el regreso de los viejos chicos que “no quieren que les den, sino que los pongan donde haiga”, fue la imagen más creíble de Chile, pero en los ’90, cuando la credibilidad se fundamentaba en leer las noticias con eufemismos.

Y entonces, en el pánico de su fracaso, como en la Historia de Sherezade, las élites políticas que rodean al candidato intentan escapar, pero no sin antes dejar su cuerpo en el patio de Carolina Goic, o en el pie de las escaleras de mi casa. Pero hay algo que la NM tiene que entender. Yo no tengo nada que ver con ese cadáver. Porque lo nuevo ya nació, y ese entierro tienen que organizarlo otros.

Esta es una campaña política y lo he dicho con todas sus letras. Soy distinto de Guillier, pero soy el antónimo de Piñera. Necesito marcar esas diferencias porque soy candidato y porque los chilenos merecen comprender el panorama completo. A la gente no le sirve que yo sea amigo de Guillier. Al pueblo le sirve la verdad. Conocer y saber nuestras diferencias. El pueblo de izquierda merece saber también quién es el candidato de la Nueva Mayoría. Y solo entonces decidir y votar. En segunda vuelta nos encontraremos, precisamente, gracias a que no soy su amigo y a que conocemos nuestras diferencias. Porque entonces nos buscaremos donde realmente importa, no en el terreno de lo íntimo, sino que en el de lo público, que es donde los políticos se ponen de acuerdo. En segunda vuelta lo convocaré a él y a los militantes de base de todos los partidos de la Nueva Mayoría a ser parte de mi Gobierno. Porque solo no puedo, y son ustedes los que saben cómo se hace política, y cómo se administra el Estado. Soy distinto a Guillier y a los demás contendores de esta partida. Pero nos necesitamos en esas diferencias bien marcadas, para vencer a quién vive en nuestras antípodas. Ese es el juego verdadero. Lo demás es ego.

 


Candidato presidencial del Partido Progresista