“Voy a recordar por siempre todo lo que hice hoy”, leí poco antes de apagar las luces. Había sido un día eterno y ya era otro, más bien. Dos o tres am del jueves y sonaba a promesa o sentencia, no sé. La última vez duró tanto, dicen; treinta y cinco o uno más o uno menos, da igual.

Para mí, empezó el día en que los vi jugar en el recién remodelado estadio de mi ciudad y tuve que rogarle a un tío me comprara una entrada, aunque sea de reventa, y convenciera a mi mamá de que por una ausencia en clase no iba a perder el primer puesto.

Antes del partido con Bolivia, en septiembre, mi madre me envió una camiseta de Perú, acompañada de turrones, huancaína envasada y otros enceres que las madres peruanas envían cuando sus hijos se van del país. “Me la pongo la próxima vez que vengan a Santiago”, le dije, “o para Qatar 2022”.

Había visto toda la campaña de Perú en las eliminatorias para Rusia 2018, Brasil 2014, Sudáfrica 2010, Alemania 2006 y la Copa América Perú 2004 y la tarde en la que empatamos a Colombia 2 a 2 en Trujillo. La derrota, hasta ayer, se había convertido en un trámite y el tiempo había transcurrido tanto, que aquel que anotó un gol aquella tarde en la que falté a clases, ahora se comía las uñas junto a un director técnico que, dicen, de un solo toque nos eliminó de México ’86.

Por la mañana, antes de salir al trabajo, decidí ponerme por primera vez la camiseta. Estaba nublado ese día, pero el pronóstico de Facebook prometía una tarde despejada y una noche incierta. En Santiago, es poco usual ver a peruanos luciendo sus camisetas nacionales en los días de fútbol; diferente pasa con los colombianos o los venezolanos. En Perú, escucharé minutos más tarde de la boca de una empresaria de Gamarra, el emporio textil más grande de mi país, se vendieron más de tres millones de camisetas con el número nueve, solo en la última semana.

“Paolo Guerrero ha hecho lo que PPK no ha podido hacer”, repite eufórica la comerciante, “Paolo ha salvado la economía del Perú”.

Me veo al espejo primero; me asienta la blanquirroja salvo por un dato: las primeras, y las más tortuosas, campañas que había visto de mi selección fueron también bajo la marca que luce a mi costado derecho: Wallon. En estas épocas—después de los tres puntos del TAS, de un gol boliviano fallado bajo el arco y en el último minuto, después de un palo de Messi en La Bombonera y de un error garrafal del portero Ospina— ¿cuánto valía la pena correr el riesgo?, ¿cuánto valía la pena ahora que Paolo, el mesías de la economía peruana, guardaba silencio después de una suspensión preventiva por un supuesto dopaje?

Apenas abrí la puerta del cité en donde vivo, junto a los contenedores de basura, la primera mirada atravesó mi sien. Vivo en el barrio más antiguo de Santiago y mis compañeros —un carnicero, un peluquero, un albañil y un ama de casa— chilenos todos, se encargan de hacerme saber que el terreno allí lo marcan ellos y que yo apenas y alcanzo a polizonte. “Este barrio se ha llenado de extranjeros”, me dijo una vez uno de ellos, “ya me estoy cansando”.

Ahora, el tipo que me mira desde el contenedor, va girando su cabeza al ritmo de mi paso y, al llegar a su costado, lejos de soltar alguna palabra, solo atina a levantar la mano, su dedo índice, y a moverlo de un lado a otro y a la par con su cabeza. “No”.

Por su edad aparente, es obvio que recuerda la clasificación chilena a Francia 98 a cuestas de la eliminación peruana por diferencia de goles. Por ahora, todo se ha invertido y a Perú solo le queda un último paso.

Tengo grabado su rostro y hubiera sido mi pesadilla por algunos meses, de no ser por ese bendito minuto veintisiete. Estaba medio nublado Cristian Cueva, no había trascendido sino hasta que, en un contragolpe, la pelota no se le va del pecho y la arrastra hasta apenas entrar al área. Farfán, ese que algunos dicen, tenía una deuda con el país, aparece en la pantalla solo dos segundos antes del disparo; recepción y fierrazo al medio, el mismo tiempo que dura contemplando la camiseta del 9, la más vendida de Gamarra, y rompe en llanto y se tumba sobra el césped.

Me contengo el grito mordiendo mi mano y mis vecinos peruanos del cité continuo lo gritan dos minutos después, debido a su streaming. El gol de Ramos es solo un trámite de un sufrimiento que no va más. “Uno nunca sufre como los que sufren de verdad”, escribió el cantautor chileno Álex Anwandter. Por el momento, cierro los ojos y creo sentir que nadie ha podido sufrir más. Último partido, selección 32 de los 32 cupos para Rusia 2018, Perú entra como el último invitado a una fiesta privada, como el último obrero antes de cerrarse la última compuerta del Titanic.

Mañana, no tengo ninguna duda, no habrá mejor momento para abrir los ojos. Y no pesarán ni arderán. Seremos de los que sufren, pero ya no de los que sufren de verdad.


Periodista