Estábamos llegando al destino cuando el taxista lo dijo. Eran las 6 y media de la tarde, el conteo de votos de las elecciones presidenciales, parlamentarias y de Core acababa de empezar.

—Yo no voto en primera vuelta. ¿Pa’ qué? Si se matan entre ellos. Voy a tener que votar por una de las dos peores opciones y la mejorcita es Piñera, por temas más económicos. Por un tema valórico me representa más Guillier, pero si no los empresarios se llevan los capitales para afuera. Mientras no salga el pueblo a las alamedas, como indicó cierta persona en el año 70 y tanto, no hay nada que hacer. ¿Qué es lo que le interesa a la gente ahora? Tener pega, el resto da lo mismo, que los pobres sean más pobres da lo mismo, lo que prima es el doble estándar y tener pega, nada más.

—¿Y qué pasa con todo lo que se ha descubierto? La elusión de impuestos…

—Esa fue la primera razón por la que dije que Piñera era penca. Pero igual voy a votar por él, lamentablemente. Yo ni siquiera debería votar por él por el tema de los taxis, ¿cachái? Porque el hombre tiene cercanía con el gerente de Uber, van a jugar a la pelota juntos. Pero la verdad es que habiendo más plata van a haber más pasajeros y va a haber pega para todos, tanto para los taxis como para los Uber. ¿Dónde te dejo? ¿En el paradero o cruzái aquí a lo kamikaze?

Descarté la opción kamikaze. El taxista, el que cita a Salvador Allende y vota por Sebastián Piñera, detuvo su auto en el paradero. Al frente, en el Hotel Crowne Plaza, su candidato presidencial y compañía esperaban atentos los resultados.

El lugar estaba cercado de vallas papales y custodiado por un escuadrón de al menos 20 carabineros perfectamente parados. Casi ninguno votó porque estaban trabajando desde las 4 de la mañana, pero dos dijeron que su candidato era “el Kast”; “el único que ha dado la cara por las Fuerzas Armadas”.

A su lado, un tumulto de gente esperaba al estilo fila de Fantasilandia. Mujeres y hombres, gordos y flacos, con tatuajes, piercings y cadenas, pelos teñidos y maquillaje. Hasta que uno de ellos abrió su mochila y sacó un turro de poleras rojas con la inscripción “Presidente Piñera” en letras blancas. Después sabría que se llamaban chapulines; una de las tantas especies que se encuentran en el hábitat del piñerismo. Se pusieron las poleras, agarraron un tubo con banderas enrolladas y salieron de las vallas papales para ingresar al hotel. El sólo hecho de vestir la polera roja era la llave para entrar.

/ Foto: Hisashi Tanida

—Mire si hasta unos chicos morenos entraron, ¿qué me dice usted? Deben ser haitianos. Son de una población. Ahí vienen más. Llegan y entran no más —comentó una señora de unos 60 años, fan acérrima de Piñera, cuando migraron de su lado todos los chapulines— De tonta no más que no traje la polera, si yo le hice la candidatura a la Evelyn Matthei. La señora Evelyn es mi vecina. Y ahora, justo hoy día, se le murió el papá.

El papá de la señora Evelyn: Fernando Matthei, ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea y miembro, desde 1978, de la Junta Militar de Gobierno que presidió al país luego del Golpe de Estado en 1973. Era el último integrante vivo de la Junta.

—Tenía sus años el señor ya. Mire, ahí viene el Pablo Zalaquett, qué estupendo él. ¡Muy bueno tu programa ayer, bueno, bueno, y está estupendo como siempre! —Le gritó al ex alcalde UDI de La Florida y de Santiago. Después se volteó y susurró— Y está soltero.

Era la única fan de Piñera en todo el desolado paisaje. Por eso se le acercó un periodista de la BBC, como aproximándose a una rara especie en extinción:

—¿Dónde va a ponerse la gente? ¿Usted estima que esto se va a llenar de simpatizantes? Porque normalmente, cuando cubro elecciones en otros países, los comandos siempre son muy caóticos.

—No, si va a llegar mucha gente. Yo tengo varias amigas que van a venir. Van a llegar más tarde porque todavía están contando los votos. Y ahí hay muchos lolos, los chicos rojos, ¿ve?

Cuando el periodista se fue, sin nada nuevo entre las manos, ella comentó:

—¿Por qué el presidente habrá elegido este lugar en el límite para celebrar? Aquí lo que se ve, en este límite, es mucho gay, acuérdese después. Hay mucho gay de aquí (Providencia) para allá (Santiago Centro). Van a mi peluquería pero yo trato de no atender mucho, es que pueden tener Sida po oiga, si usted corta con navaja hasta se puede infectar. Ay, Dios quiera que ganemos en primera vuelta. Si el país está muy malo con esta señora. Pero hay gente que es bien estúpida, que no votó. Mire, ahí el caballero está dando poleras para que entren.

Era el líder de los chapulines. Su polera no era roja, si no blanca. Como el resto de los feligreses de Chile Vamos, explicó que no era llegar y conseguir una polera roja. Había que formar parte del selecto equipo de campaña del otrora presidente de la República. La gente que la vestía cargaba al menos 6 semanas de campaña callejera y puerta a puerta. ¿Pagados o voluntarios? Según él y todos los poleras rojas consultados: voluntarios.

—¿Quieres entrar y participar? —preguntó.

—Sí —le dije.

—¿No eres del otro lado, cierto?

Lo seguí hasta la mesa de inscripción donde tres mujeres pedían los carné e imprimían una calcomanía con nombre y un código de barra. Era un enrolamiento formal. Dijeron que era difícil, casi imposible, que entrara, porque estaba todo copado y era para gente que llevaba mucho tiempo trabajando. Después de media hora de espera, lo logramos: yo, la dueña de la peluquería y una tercera mujer que llamó a su hijo, que llevaba horas en la sede de la UDI, para decirle que se viniera rápido, que podrían entrar. Calcomanía pegada al pecho, las tres entramos al hall del lujoso hotel Crowne Plaza. Nos escanearon los códigos de barra con unas máquinas y subimos al segundo piso. El lugar de la fiesta, el microclima de los tiempos mejores.

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Los chapulines, las señoras y los elegantes

“¡Cacha el medio baño!”, le dijo una de las mujeres que hacía la fila a sus dos amigas, apuntando las baldosas relucientes y un espejo gigante. Todas vestían jeans y la polera de Sebastián Piñera. De uno de los cubículos salió otra mujer, joven, maquillada, montada sobre unos tacos, con un vestido rosado corto y ajustado. Después de mirarse al espejo y antes de cruzar el umbral para salir del baño, miró a las otras tres mujeres y les dijo, evidenciando la diferencia de especie que había entre ella y las otras: “Ay, qué lindas las chapulinas”. Las chapulinas rieron felices, halagadas. “Tenía pinta de ser alguna famosa, ¿cierto?”, comentó una.

Después de cruzar un pasillo atestado de prensa, estaba el ingreso al salón principal, repleto de sillas ocupadas y, en las paredes, proyectadas las imágenes de distintos canales de televisión que daban los primeros cómputos. En los parlantes sonaba alternadamente el audio de alguno de los canales. Cuando en uno de ellos sonó el nombre “Camila Vallejo”, la muchedumbre pifió fuerte. En el escenario, al menos cinco piñerines –el famoso corpóreo de Sebastián Piñera- bailaban al son del jingle del candidato de derecha. El orificio de la cabeza falsa del presidenciable era tan grande, que los bailarines tenían que meterse polerones en la nuca para que no se les saliera el disfraz.

/ Foto: Greta di Girolamo

El público se dividía principalmente en dos: en las primeras filas estaba sentada la gente elegante, empresarios, famosos, políticos, de traje, vestido elegante y taco alto, entre ellos la “Barbie” salida del baño y la ex primera dama Cecilia Morel, envuelta en un despampanante vestido azul marino. También estaba la recién electa diputada por RN Erika Olivera y el candidato a Core del mismo partido en San Ramón, Julio César Muñoz. Mientras la entrevistaban a ella en el escenario y decía que como es deportista está acostumbrada a la presión entonces no estaba nerviosa por los resultados, Julio César, sentado a mi lado, se acercó y me dijo “es que habemos muchos deportistas aquí. Yo hago boxeo. Mis amigos me preguntan si estoy nervioso por los resultados, porque yo me estoy candidateando a Core, pero nada. Lo que sí, me quiero ir de Santiago, quiero hacer carrera en Curicó porque acá hay varias comunas pencas, comunistas”.

Justo en la fila de atrás nuestro y todas las que quedaban más lejos del escenario, estaban los chapulines, vestidos todos iguales, flameando banderas, aplaudiendo al unísono y entonando la canción cada vez que proyectaban el karaoke en una de las pantallas: “Agárrense de las manos, que vienen tiempos mejores. Agárrense de las manos, arriba los corazones”. De vez en cuando, se acercaban a algún personaje medianamente conocido para sacarse una selfie. Es lo que pasó cuando apareció el Negro Piñera. Dos chapulines posaron sonrientes a la cámara abrazando al hermano del candidato presidencial.

—¿A ustedes les pagan por esto? —pregunté a uno de ellos cuando se fue el Negro.

—No, si somos voluntarios —repitió igual que todo el resto.

Pero entonces la mujer que estaba delante de él le gritó “ya po, trabaja” y, acto seguido, él se puso a aplaudir fuerte. Semanas antes pasó una escena similar a la salida de una estación de metro, cuando un grupo de mujeres haitianas repartía volantes de Piñera. No entendían una gota de español y apenas me acerqué a interactuar con ellas, la jefa blanca llegó a decirles que siguieran haciendo su trabajo. ¿Voluntarias?

Unos minutos pasadas las 9 de la noche llegó Sebastián Piñera. Lo recibieron entre banderas, bailes, cantos y challa de colores. Rodeado de simpatizantes y niños rubios, con su pelo calvo brillante, sus mangas arremangadas, sus ojos pestañeantes, comenzó un discurso de media hora que, como siempre, incluyó el triunfo del rescate de los 33 mineros. A pesar de tanta labia, los ánimos no eran los mismos. Piñera obtuvo apenas un 36,63% de adhesión, lejos de lo esperado. A la salida del salón, las caras eran largas.

Ante las preguntas por su opinión de los resultados, chapulines y elegantes se mantenían mudos. Dos poleras rojas me explicaron que no los dejaban hablar de eso. “Es que está prohibido”, dijo uno, “no podemos hablar”, dijo el otro. El silencio de los elegantes, en cambio, era voluntario.

Pero había un tercer grupo, el de las señoras. Ahí entraba la dueña de la peluquería, la mujer del hijo UDI, la viejita que se sabía la canción de memoria, la señora que esperaba paciente la salida de su candidato apoyada en la pared. Y las señoras sí hablaban.

—Lo que pasa es que fue sorpresivo lo del Frente Amplio. A mí no me agradan para nada, mira, la Camila Vallejo (diputada del PC, no del Frente Amplio) y la Cariola (también diputada del PC) se aprovecharon de los estudiantes para llegar donde están. Me da mucha pena que no se den cuenta de que son utilizados. Para mí Piñera es un gran estadista, es la persona capacitada para dirigir un país. Él no ha sido condenado por nada, todo lo que ha salido en los medios es puro aprovechamiento político excesivo del gobierno y de los canales de televisión. Una campaña de terror contra el Presidente Piñera.

—¿Usted es seguidora histórica de Sebastián Piñera?

—Yo soy militante de la UDI y admiradora de Pablo Longueira.

—Y de Jaime Guzmán, me imagino.

—Obvio po, yo partí en la UDI con reuniones con Jaime.

—Hoy murió el último integrante de la Junta.

—Ay sí, siento mucha pena, con él se va parte de la historia. Voy a ir de todas maneras a su funeral. Bueno, pero mire, yo estoy feliz, aunque pensaba ganar en primera vuelta, pero vamos a hacer más esfuerzos y vamos a sacar adelante a nuestro presidente.

La fiesta que no fue

Estuvo estacionado desde por lo menos las 6 de la tarde en la calle Carabineros de Chile. Era un camión de más de cuatro metros de altura.

—Está todo organizado para cortar el tránsito de la Alameda más tarde y que el camión se venga a instalar acá. Pero existe la posibilidad de que se quede allá atrás, va a depender de la cantidad de votos —nos explicó uno de los carabineros a la dueña de la peluquería y a mí.

Estaba justo atrás del hotel, se veía de lejos por su tamaño. Alrededor, había un grupo de hombres, entre ellos dos brasileños que hablaban en portuñol.

—Somos los dueños, nosotros tenemos uno de estos igual en Brasil, lo usamos para fiestas electrónicas y son los mismos que se usan para el carnaval. Este es el primero en Chile, es el primer día que lo usamos. ¿Nunca has entrado a uno?

Los dos brasileños me hicieron un tour. Acá el salón para invitados, acá los baños, acá el camarín: una pieza con sillón, un plasma, un frigobar repleto de refrescos, dulces, wifi y aire acondicionado. Me regalaron una botella de agua sin gas del mismo frigobar del que el triunfante Piñera se supone que sacaría alguna botella más tarde. La productora se llama Sunboys y, a partir de esa noche, la idea era empezar a organizar fiestas masivas en todo Santiago. Su debut sería ante todas las cámaras de los canales de televisión.

El plan era estacionar en la Alameda y que el abanderado de Chile Vamos subiera al techo del automóvil, que se despliega en forma de escenario con parlantes gigantes, para celebrar la jornada con un nuevo discurso y después música para bailar. Pero a las 10 de la noche ya no había rastros del lujoso camión. “Tuvieron que llevarse el camión para la casa no más, si la idea era celebrar el triunfo de Piñera en primera vuelta”, explicó en la noche uno de los dos carabineros que esperaron toda la tarde junto a la máquina. A las afueras del hotel lo único que había era un grupo de chapulines pidiendo selfies con el conductor de CQC . “Pongan cara de zorrones pa’ la foto”, les decía él.

Camino a metro Baquedano, una pareja de elegantes se encontró con las puertas de la estación cerradas.

—Chuta, nos cerraron el metro —dijo el hombre.

Le expliqué que seguramente la otra entrada estaba abierta. Caminamos juntos a ella.

—¿Qué opinan de los resultados?

—Más o menos no más —dijo él, apurando el paso.

—Lo que pasa es que él es el jefe programático —dijo ella en voz baja— Vamos a tener que ponernos las pilas no más desde mañana mismo para proteger las pegas. Si hay que cuidar nuestros intereses también.

Los elegantes se esfumaron hacia el fondo del andén. Arriba, una Plaza Italia completamente despoblada, que en su imaginación estaría atestada de piñerines, chapulines, elegantes, señoras y challas. La fauna completa del piñerismo, igual que su carro alegórico, no tuvo más que irse para la casa.