Deben haber pocos textos cuyas frases sean repetidas por voces tan diversas como las contenidas en El manifiesto del partido comunista (1848). No es difícil notar que en su calidad de manifiesto subyace la intención de lograr un impacto asimilable solo al de la Biblia de Gutenberg. Su burbujeante reproducción y la muerte de uno de sus dos autores, obligó al otro a dedicarle tantos prólogos que en las últimas ediciones la suma de ellos casi iguala en extensión al manifiesto mismo. Sólo su primera frase ha motivado múltiples lecturas que encuentran sus cimientos en un asunto de traducción. Por ejemplo, en la edición publicada en el diario inglés Red Republican en 1850, a cargo de la poco conocida por las feministas Helen MacFarlane, el manifiesto se inaugura con “[U]n temible duende recorre Europa: el duende del comunismo”. Sin perjuicio de que su potencia fuera reconocida entre copa y copa por los propios autores, esa ingeniosa composición fue borrada de un suácate por la muñeca de su compatriota Samuel Moore, quien en 1888 sella el inicio de su nueva edición con “[U]n fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. A partir de su publicación, ese ya no temible fantasma será el lugar común referido con el mismo tempo que el de los niños de una escuelita rural del norte que, en los años cuarenta, recitan ante sus compañeros de clase un poema de Gabriela Mistral.

La diferencia entre un fantasma y un duende, y entre uno que es o no temible, y que por largos años motivó una encendida producción de textos, es totalmente obviada por la última entrega del haitiano Raoul Peck. En El joven Marx (2017), filme que estaba siendo esperado con bastante expectación entre nosotros, la publicación de El manifiesto del partido comunista es presentado como la marca del fin de la etapa de juventud de Karl Marx, y en consecuencia como el final del propio filme. Casi se podría decir que todo lo que antes nos muestra sirve para preparar ese momento cúlmine que sería la génesis del manifiesto, que sintetiza tanto la forma en la que Marx acostumbraba a entregar sus textos, siempre al filo del vencimiento del plazo, siempre presionado por la necesidad de alimentar a su familia, como la forma en la que su producción estaba mediada por las copas de alcohol que compartía con sus compañeros de ruta; su adorada cónyuge, Jenny von Westphalen, que al casarse con él renunció a la situación de privilegio de la que gozaba su familia; su amigo de la alta burguesía, Friedrich Engels, que al ver la explotación sostenida en contra de los trabajadores por su padre, dueño de industrias textiles en Manchester, decide denunciarla por medio de la escritura; y la cónyuge irlandesa pobre de este último, Lizzie Burns, que sacrifica en nombre de la libertad no sólo su empleo en la industria textil de la familia Engels sino que la posibilidad de concebir hijos con su amado.

Intercalando escenas de un bosque que contiene la violencia que escribe Marx que existe en la relación entre propietario y recolector, de un mar que cobija a un joven pero cansado Marx que más prefiere escribir libros que manifiestos, de diferentes bares que albergan conversaciones guiadas según dicte la copa que una mano alza de la que los textos de Marx son frutos, Peck no pretende mostrar la vida de la etapa de juventud de Marx tal cual fue como si ahí se encontrara el verdadero origen del primer partido comunista. Con El joven Marx Peck nos muestra que la vida íntima de alguien que, a través de textos producidos en conversación con otros en bares de mala muerte, rompe con el establecimiento de categorías pétreas es lo que la palabra “comunismo” señala.

Más allá de que la impostación sea inconscientemente el recurso característico de este filme, en el que los nombres de quienes participan de un diálogo son dichos en la primera palabra pronunciada por cualquier hablante como si con ello Peck buscara ahorrarse explicaciones; en el que el temblor de una disputa en estado de latencia y el deslavado color de la miseria son aplacados por personajes estilizados que justifican su actuar por medio de frases cortas pero grandilocuentes; en el que basta con una breve intervención emotiva para cambiar al unísono el nombre de la Liga de los Justos por la Liga Comunista, lo más destacable es el riesgo que asume Peck al utilizar el ropaje de biógrafo para hacer un filme. Por lo demás, es el mismo traje lleno de descoceduras e hilachas que entre nosotros y en distintas latitudes vistió Pablo Larraín primero con Neruda (2016) y después con Jackie (2016).

Ambos, que se suman a un grupo considerable de desafiantes, se enfrentan a aquellos que cual contadores o auditores contrastan con extensos documentos que portan bajo el brazo, las fechas, años y hasta los rasgos físicos presentados en un filme haciendo depender su calidad de que tal correspondencia sea efectiva. En lo anterior no está implicado que entonces la ficción deba ser comprendida como lo falso respecto de lo verdadero. Antes bien, la ficción es esa distorsión que da a la realidad su potencia. Lo que en este caso quiere decir que lo temible del cine, que hace que muchos se alineen para resistírsele, es que su particular uso de la ficción muestra que las condiciones en las que vivimos no son necesarias sino que sólo posibles. Quizá la legítima irritación que provoca hacia el final del filme que los registros fotográficos de Marx y compañía se sucedan al ritmo de una canción de Bob Dylan, debería ser aligerada al leerlo como el gesto de quien intenta destruir el halo de sacralidad con la que algunos intentan vincular la palabra “comunismo”, algunos de los cuales lamentablemente están entre los que llaman desde la izquierda a una nueva forma de hacer política y que hace solo algunos días consiguieron considerables escaños en el Congreso. Quizá este sea precisamente el momento de apelar a la figura del temible duende antes que a la de aquel fantasma gastado.


La mirada de los comunes