La espera, la administración del tiempo, se convierte en una forma de marcar la desigualdad en las relaciones de poder. Ese día, nosotros necesitábamos una entrevista con un dirigente local y, por tanto, nos sometíamos a su temporalidad. Varias personas estaban en la misma situación. Al rato, la secretaria nos comunicaba que no podríamos ser recibidos porque: “Usted entiende, toda esta gente está esperando ser atendida y el dirigente tuvo otros asuntos que solucionar más urgentes. En esta época, como en otras, se llena de gente”. La época era de elecciones, y las otras, eran fiestas patrias, día del niño, día de la madre, navidad, entre otras.

Días después y tras mucho presionar logramos entrar a la oficina de nuestro personaje. Fuimos recibidos en su despacho personal. Un espacio austero con un computador, un crucifijo en el fondo y dos herramientas básicas del trabajo político: una biblia y un juego de bingo que se notaba recién ocupado. Las excusas esta vez recayeron sobre las virtudes del dirigente, puesto que era un político “de terreno”. Es decir, ocupaba todo su tiempo atendiendo necesidades en la calle, “haciendo paleteadas”, asistiendo a eventos, prestando el bingo, facilitando juegos inflables o coordinando el nacimiento de nuevas organizaciones. Ello le permitía ofrecer una gama de contactos en el aparato público para agilizar trámites, asistir con todo tipo de problemas domésticos a la comunidad y la gente que lo necesite, además de ayudar con su asistente en la elaboración de proyectos sociales que la comunidad exigía. Esto implicaba “hacer el proyecto” y ofrecer su voto en el espacio institucional para que fuera aprobado.

Así se tejía una red de reciprocidad que poseía dos caras: la primera, apostar a la reproducción electoral del actor político y por otra, desde abajo, solucionar los problemas concretos de la gente. La espera del apoyo en voto vendría más adelante, facilitando la movilización para asistir a votar y cobrando las confianzas construidas. Eso sí, con total sutileza, ya que su exigencia dura sería tan inapropiada como otorgar un regalo con precio. El “don”, como dicen los cientístas sociales, se entiende en una cadena de reciprocidad donde los elementos simbólicos son aquellos que, sin pronunciarse, aceitan la relación, construyendo una verdadera ritualidad clientelar. El bingo y la biblia eran los insumos de su trabajo.

Ahora bien, la situación recién descrita es una de tantas notas que intentan dar cuenta de algunos elementos del trabajo político en terreno, en la calle y con la gente. En él, la construcción durante el tiempo de una relación clientelar es parte de un sin número de prácticas políticas que se dan en el canto del Estado, en esa dimensión porosa entre la “sociedad civil” y las autoridades políticas. En el caso del clientelismo, un grupo de autores han desestimado su presencia bajo el mito de la “excepcionalidad democrática chilena”. Su existencia, se piensa, sería para casos de democracias poco consolidadas, bananeras y populistas. Sin embargo, en los últimos años otro conjunto de investigadores hemos ido analizando su desarrollo ante distintos tipos de liderazgos y coyunturas históricas relacionadas con el tiempo presente. Más aún, recientemente la problemática ha salido al debate público, donde los propios actores políticos lo han visto como una práctica deleznable, ajena a una vocación democrática y causante de los “males” de la política chilena: “los malos son los clientelares, nosotros no”. Así las cosas, pareciera ser que el presentismo ha inundado la discusión de los propios actores, pues se piensa como un fenómeno propio de la crisis del sistema de partidos actual, donde nadie tendría el mal gusto de reconocer que recurrió a aquel en algún momento de sus carreras políticas.

¡No señores! Desde nuestro punto de vista estamos en presencia de una costumbre política. En otras palabras, es una práctica social que arrastra una propia historicidad, es decir se desarrolla en el tiempo. Ha sido aprendida de manera consuetudinaria tanto por los actores sociales como políticos, además permite generar contextos que posibilitan “hacer cosas que serían más difíciles de realizar directamente”, es decir propicia atajos relacionales y, como toda costumbre, se adapta a diversos contextos. El clientelismo ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia nacional. En el icónico sistema de partidos pre- golpe militar también lo estaba y permitía articular demandas de los espacios locales hacia el centro vía discusión de presupuesto nacional. Así, dado que los alcaldes han tenido históricamente una relación mucho más directa con los problemas cotidianos de los ciudadanos, les ha permitido generar redes de mayor fidelización del voto a nivel personal.

Más aún, la reforma municipal de la dictadura militar, centró la focalización de políticas sociales en los gobiernos locales como parte de una “descentralización” en clave neoliberal. Ello permitió densificar la relación clientelar en el espacio local, pero cortó la intermediación local nacional que se daba pre-73. Por eso los ediles de la posdictadura poseen herramientas para convertirse en importantes caudillos locales y nuestra transición muestra ejemplos emblemáticos. La continuidad de la práctica es tan evidente. Cuando la propia candidatura de Sebastián Piñera fijó metas en cantidad de votos para las primarias, ¿quiénes fueron los encargados de trabajar por el cumplimiento de dichas metas? Los alcaldes. En los medios también se ha confirmado la entrada en la recta final de la campaña –pensando en segunda vuelta- de los alcaldes emblemáticos para la campaña de Guillier. Es el momento ideal también para la negociación de intermediarios y dependientes.

¿Qué hacer con esta costumbre? ¿Una práctica a desaparecer? Eso pronosticaron politólogos para distintos casos en los noventa y toneladas de estudios posteriores demostraron que no ocurrió. Su adaptación ha podido más. Tras el importante triunfo del Frente Amplio en las elecciones parlamentarias, estamos en presencia de un importante ciclo de cambios políticos, posibles de rastrear en la propia conflictividad social desde el 2006 en adelante. Ese desencanto con las expectativas mitológicas creadas a partir de la transición chilena, ha sido organizada e institucionalizada con la nueva camada de dirigentes que ocuparán espacios de poder en el sistema político chileno.

Evidentemente este es un cambio que provocará un reacomodo del juego partidario, y debería aumentar el carácter agonista de la política chilena. Más aún, existe una posibilidad de pensar que el Frente Amplio logró saltar las redes clientelares que ocupaban tradicionalmente los actores políticos consolidados, y algunos de los antiguos caudillos han entrado en fase de jubilación y probablemente sin AFP.

Lo más difícil vendrá luego, pues el proceso de acomodo al sistema político implica también la necesidad de estabilizar relaciones con la ciudadanía y apostar a la permanencia democrática en estos espacios. La problemática radica ahora no tan solo en las prácticas que tengan los nuevos actores institucionales, sino también en las costumbres que tengan las propias organizaciones territoriales pues, si observamos el clientelismo “desde abajo”, veremos que la imagen del político manipulando al votante es más compleja. A la gente que llena las oficinas de actores tradicionales no tan solo “las van a buscar” sino que también “vienen a pedir”. ¿Qué se hará ahí, cuando se sedimente la ritualidad del “dar”? Si se pretende avanzar en un proceso de democratización, este debe acompañarse con un ejercicio de politización de lo cotidiano, de proyección ideológica contra-hegemónica que busque profundizar derechos, despersonalizándolos a efecto de romper este tipo de relación.

Sin embargo, ¿alguien quiere romper su propia maquinaria? El bingo, el “té” y las asambleas son parte de las prácticas de sociabilidad política en el territorio, verdaderas costumbres políticas. Para quienes les interese “transformar la política”, no pueden descuidar tanto el proyecto contra-hegemónico que represente la cultura nacional-popular, así como también la cotidianidad con la cual se ha ido construyendo la política bajo las sombras de la democracia. De lo contrario, el impulso inicial -con una biblia en la mano- que posibilitó el salto largo hacia el Parlamento, no podrá por si sola eliminar el pecado del bingo.