“La Naranja Mecánica” comienza con un primer plano del imperturbable rostro de Alex (Malcolm McDowell) clavado en nosotros. A partir de ahí, y sin que nuestro protagonista nos quite los ojos de encima, la cámara comienza un travelling hacia atrás, retrocediendo ante la gélida y perversa mirada, como si fuese “una cortesana que teme darse vuelta antes de que su amo y señor esté fuera de vista”.

Así describe el crítico Alexander Walker la icónica secuencia de la película de Stanley Kubrick, cita que es rescatada por su colega de la revista francesa Cuadernos de Cine, Bill Krohn, en su libro sobre el mismo director.

¿Pero qué tiene que ver uno de los grandes clásicos del cine con “La Liga de la Justicia”? ¿Acaso estoy poniendo al mismo nivel la prosa kubrickiana con la de Zack Snyder, el director tras esta superproducción de superhéroes? Las respuestas serían, en orden, mucho y de ninguna manera. Lo que los une es el uso que se le da a la cámara y lo que filma.

Preguntarnos por qué vemos de esa forma lo que vemos en la pantalla y qué nos quiere transmitir el director con la puesta en escena y el encuadre, por ejemplo, son reflexiones que valen la pena para comenzar a ser espectadores más activos. Esto, porque los planos que inmortaliza el cine son mucho más que una objetividad fotográfica: es, en estricto rigor, un vehículo para mostrarnos la construcción de mundo y transmitirnos las ideas, y por tanto mensaje, del autor.

Y aquí es donde entran los superhéroes. La última entrega del universo de DC Comics en la gran pantalla ha recibido un linchamiento por parte de la crítica y, alerta de spoiler, en este texto no será diferente, aunque el foco este puesto en otra parte. Que el montaje carece de ingenio, que los villanos tienen menos alma que una galleta y que lo único redimible son los momentos en que los superhéroes forman equipo está más que dicho. Pero el sexismo y misoginia del realizador con el único personaje femenino protagónico de la cinta, Wonder Woman, no.

Si bien Snyder nunca ha sido un director muy avispado en lo que ha enfoque de género se refiere, como quedó demostrado en “Sucker Punch” (2011) y “Watchmen” (2009), este año se le fue la mano. A lo largo de las dos horas del metraje se repiten los planos diseñados para resaltar la figura de Gal Gadot en trajes apretadísimos o los tiros de cámara lo suficientemente bajos para mostrar lo que tapa la falda del traje de la heroína. Y el problema acá no es que la Princesa Diana de Temiscira sea una mujer que abrace su sexualidad y disponga de ella como desee, sino que recibe un trato erotizante y sexualizado a sus espaldas.

Cada vez que el objetivo de la furtiva cámara de Snyder se posa en el personaje creado por William Moulton Marston lo hace ladinamente, como si estuviéramos mirando lascivamente a una mujer en el metro o miráramos masturbatoriamente su escote cuando ella está desprevenida. Algo que hace recordar al agujero en la pared de las adolescentes “Porky’s” (1981) o “American Pie” (1999), películas que no aprobaban ni el Test de Bechdel.

Una traición triste no solo para un personaje que se ha erguido desde la década del 40 como bandera de ciertos sectores del feminismo (no sin polémica o directamente rechazo en algunos casos), sino también para todo lo avanzado en el cine comiquero y de vocación de masas por la bien recibida película en solitario de la misma “Wonder Woman” dirigida por Patty Jenkins este 2017.

Tan solo en junio celebrábamos que la cineasta había demostrado a los conservadores ejecutivos de la industria que una película con una mujer con superpoderes al frente puede ser tanto un éxito en taquilla como aplaudida por la crítica. Todo, sin caer en el recurso facilón de la “femme fatale” y retratando a la heroína más importante del mundo del comic en su globalidad: un personaje tanto de corazón bondadoso y optimista como capaz de ponerle el cuerpo a todas las balas del ejército alemán.

Es por eso por lo que duele ver cómo en La Liga de la Justicia, además, las bromas para liberar tensión en las que participa la Mujer Maravilla tienen que ver con Aquaman, Flash y Batman (la cofradía, pongámosle) haciendo alusión a la belleza de su colega, casi guiñándole un ojo al público masculino. ¿De verdad aún creen los productores que solo hombres van a ver estas películas? Y aunque así fuera, ¿lo único que se les ocurre son novatadas de camarín de niños de 13 años?

Y todo esto desfila impunemente frente a los ojos de las espectadoras y espectadores que ven en estas (o en todas) las películas un escape simplista, una evasión inocua, como si por tratarse de un relato con mujeres de látigos brillantes y hombres encapuchados como murciélagos no fuese un producto cultural que refleja una cosmovisión normalizadora.

Pese a que al cine, como a cualquier arte, no se le piden aptitudes educativas ni que los artistas sean profesores sobre la moral, entristece ver que se sigan recurriendo a estos resabios machistas a costas de un personaje que defiende justo lo contrario, como si invisibilizaran su feminismo ridiculizándola. Y si bien esta matriarca de los comics que por fin llegó al cine no necesita defensores, no viene mal seguir su ejemplo y apoyarla cuando lo necesita para decirle a Snyder, o cualquiera que insista en desdeñar lo que representa: con Wonder Woman no, perrito.


Periodista UDP, crítico de cine en El Agente Cine