¿Es el capitalismo superable? Desde los inicios del capitalismo industrial, esta pregunta ha sido respondida desde cuatro vértices ideológicos fundamentales: 1. profundización mercantil (el capitalismo debe ser profundizado); 2. regulación económica (el capitalismo debe ser administrado); 3. humanización (el capitalismo debe ser contenido) y 4. destrucción revolucionaria (el capitalismo debe ser abolido).

En el caso de los tres primeros vértices, cada uno con sus respectivos exponentes teóricos y políticos, una de sus características centrales sería negar la posibilidad de la superación de este sistema económico, planteándose por el contrario la necesidad de su preservación y perfeccionamiento (por ejemplo, mediante el impulso de reformas económicas, sociales y políticas). Exponentes de estas ideas han sido algunas doctrinas económicas tales como el liberalismo, el keynesianismo, el corporativismo y en las últimas décadas el neoliberalismo. Uno de los ejes de estas corrientes sería plantear que la superación del capitalismo no sólo sería imposible (sacándose a colación en tiempos recientes el ejemplo del derrumbe de la URSS y los socialismos reales), sino que además indeseable. Se reconoce con ello implícitamente en el capitalismo al mejor de los sistemas posibles, una especie de culminación (aunque perfectible) del desarrollo histórico. Esta fue durante los ’90 la idea fundante detrás de la concepción de Francis Fukuyama respecto al fin de la historia.

Con respecto al cuarto vértice ideológico (o destrucción revolucionaria del capital), basándose sobre todo en las elaboraciones del marxismo clásico y otras corrientes filosóficas y políticas tales como el anarquismo o el autonomismo, se defendería aquí tanto la necesidad como la posibilidad teórica-histórica de la superación de la sociedad capitalista mediante el desarrollo de una revolución mundial violenta, impulsada esta última por un sujeto social determinado (clase obrera, campesinado, sectores populares, etc.) y sus organizaciones políticas. Experiencias históricas tales como la Comuna de París o las revoluciones rusa, china o cubana (aunque derrotadas o contenidas por diversos motivos) serían tomadas como ejemplos de esta posibilidad. Algunas corrientes tales como el leninismo, el trotskismo, el stalinismo o el guevarismo habrían sido (aunque con diferencias estratégicas profundas) algunos de los principales exponentes de esta concepción durante el siglo pasado. Basándose en las afirmaciones de Marx con respecto a la existencia de una contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la propiedad privada, la revolución socialista sería vista como el camino tanto para la superación de los males de la sociedad actual (capitalista), así como también para la construcción de una sociedad superior plenamente humana: el comunismo.

Casi doscientos años después del inicio de este “debate”, dado una y otra vez al calor de distintas revoluciones y contrarrevolucionarios a lo largo del mundo, aquel sigue marcando hoy el tono de la discusión política en nuestro país. Ejemplo de lo anterior puede encontrarse en variados exponentes intelectuales y figuras mediáticas de todo el arco político nacional, esto desde los referentes comunicacionales de la llamada Nueva Fuerza Conservadora (entre otros Axel Kaiser, Henry Boys o Sebastián Izquierdo), hasta el de las nuevas figuras de la socialdemocracia tales como Jorge Sharp y algunos referentes de los sectores que se auto-definen como anti-capitalistas: por ejemplo el ex presidente de la Fech Daniel Andrade (militante UNE) y quien fuera su colaboradora en la mesa directiva, Bárbara Brito (militante PTR).

Kaiser, Boys, Sharp, Andrade, Brito, cada uno repitiendo a su manera sus respectivos idearios consignados en uno u otro de los ya mencionados vértices ideológicos fundamentales del pensamiento político moderno. Esto último en un debate que abarcaría un amplio espectro discursivo que iría desde las loas al “libre mercado” y las apelaciones a la necesidad un “capitalismo puro” (totalmente desregulado) hasta la necesidad de la expropiación de los empresarios, el control obrero y la conquista del socialismo.

Ahora bien, ¿es este espectro discursivo que se desplaza desde las posiciones pro mercado de la derecha neoliberal hasta las defensas de la expropiación y el control obrero de la izquierda universitaria el máximo posible con respecto a la pregunta sobre la posibilidad de superar el capitalismo? ¡No! ¡No lo es! Tal como se demostrará en esta nota y en los próximos materiales sobre este tema, tanto los Kaiser-Boys como los Sharp-Andrade-Brito son en realidad virtualmente ignorantes (y programáticamente mudos) con respecto a uno de los factores que se encuentra, a partir de hoy y para siempre, en la base misma no sólo de la posibilidad de la continuidad de la economía capitalista, sino que además de la propia perspectiva socialista durante el siglo XXI. Este factor es el peligro de un colapso ecológico global inminente y su importancia (vital) como fenómeno catastrófico “terminal” del proceso político y social contemporáneo. Como veremos, neoliberales y marxistas clásicos (y no tan clásicos) hacen aguas por igual frente al tratamiento de este problema, debiendo o bien callarse (si es que no desean poner en aprietos sus marcos políticos tradicionales: por ejemplo sus respectivas defensas a la competencia capitalista o sus apelaciones a la centralidad revolucionaria de la clase obrera), o bien balbucear unas cuantas “consignas verdes”.

La derecha y la izquierda chilena ignoran la gravedad de la crisis ecológica

Cambio Climático: ¿Problema Verde o Cáncer Civilizatorio?

Tras la primera vuelta, nos acercamos al fin del periodo eleccionario 2017. Todo el espectro político chileno ha hecho galas de sus mejores esfuerzos comunicacionales en pos de la difusión de sus programas: Kast apeló a la lucha en contra del “terrorismo” en La Araucanía, Piñera delinó lo que será su posible gobierno, Sánchez se refirió a la necesidad de un Chile “más solidario”. En las universidades lo mismo. Las federaciones estudiantiles renuevan sus dirigencias y las listas de derecha e izquierda se encargan de difundir una serie de consignas que, otra vez, parecerían “abarcarlo todo”; esto, como dijimos, desde las loas al libre mercado y la defensa del lucro hasta el recuerdo de la revolución bolchevique y los soviets.

Aun así, un tema ha estado virtualmente ausente de este ciclo electoral y de las campañas de federación: la crisis ecológica. Es importante precisar, sin embargo, que no entendemos aquí por “crisis ecológica” la mera “problemática ambiental” o la “cuestión verde”, cuestiones ante las cuales, es cierto, todos los sectores suelen “pronunciarse” cada tanto. Esto último proponiendo una que otra consigna ad hoc que apelaría ya sea a la promoción de una competencia empresarial más “consciente” con el medio ambiente, o bien a la necesidad del control de la economía por parte de los trabajadores. En realidad, a lo que nos referimos aquí por “crisis ecológica” es al problema climático internacional que ha sido ya definido por diversos organismos internacionales: por ejemplo el Foro de Davos, el Pentágono o las Naciones Unidas, como uno de los principales factores de desestabilización geopolítica del siglo XXI. Es justamente lo anterior: la discusión del cambio climático como uno de los desafíos estratégicos claves de la humanidad en el futuro cercano (desafío del cual Chile no ha estado y no estará exento), lo que ha brillado por su ausencia en prácticamente la totalidad de los actuales debates electorales, aquello nuevamente desde el ámbito de la derecha católica-conservadora hasta el campo de la “izquierda sovietista”.

El Foro de Davos ha catalogado al cambio climático como una de las amenazas más importantes de este siglo

Desde las candidaturas de Kast hasta las de algunos referentes críticos del capitalismo como la de Eduardo Artés o la del estudiante Dauno Totoro en las comunas de Providencia y Ñuñoa, el tono es a menudo el mismo: se discute el problema climático como un “anexo” (más o menos exótico, más o menos “preocupante”) de los reales temas de la agenda: educación, salud, vivienda, trabajo, etc. Y siempre la operación ideológica es la misma: se menciona la existencia del “problema ambiental”, se lanzan unas cuantas frases que demostrarían una particular “sensibilidad” ante el mismo (esto desde la necesidad de la protección de la fauna nativa hasta el apoyo de la lucha de los pueblos originarios), pasándose luego sin mucho esfuerzo (y de una manera bastante cómoda) a subordinarlo al programa electoral respectivo. ¿Crisis climática? “No hay problema, lo solucionamos con una mayor inversión en ciencia y tecnología”, dice el derechista. ¿Calentamiento global? “No hay problema, el control obrero y la planificación socialista lo detienen”, replica el marxista.

¿Pero es cierto que la crisis ecológica global, aunque grave, sería todavía solucionable, esto ya sea por medio de la “innovación tecnológica”, o bien a partir de un cambio profundo en las relaciones sociales impulsado, por ejemplo, gracias a un proceso revolucionario mundial? Quizás hace cinco décadas, treinta años tal vez, asumiéndose que en dichos momentos se hubiese dado marcha a un proceso de transición tecnológica lo suficientemente brusca como para haber frenado y “mitigado” el impacto medioambiental (por aquel entonces no del todo claro) de la sociedad industrial y su adicción a los combustibles fósiles. Quizás en aquel entonces hubiera sido posible, sí, pero no hoy cuando, de acuerdo a un creciente cuerpo de evidencia científica disponible, nos encontraríamos a las puertas de un tipo de crisis medioambiental no solamente con pocos parangones desde la aparición de la especie humana, sino que desde el origen mismo de la vida terrestre.

En realidad, la situación para nosotros (todos nosotros) es la siguiente: el cambio climático constituye hoy una especie de tumor cancerígeno en estado de metástasis que, aunque inicial, ya se ha regado por la mayoría de los órganos vitales del desarrollo social. Un cáncer civilizatorio en estado terminal que, aunque todavía no del todo evidente (tal como en el caso de un individuo que, a pesar de portar una enfermedad mortal, sigue siendo inconsciente de la misma hasta el momento en que se entera de que no le quedan más que cinco meses de vida), estaría a punto de dar inicio a una dinámica destructiva “fulminante”. Una dinámica destructiva que ya nada ni nadie, ni el desarrollo tecnológico, ni el mercado y ni siquiera una revolución socialista mundial, serían capaces de detener. En otras palabras, un punto de ruptura geológico-histórico, de contenido epocal, ante el cual las clases fundamentales de la sociedad moderna: la burguesía y el proletariado, estarían condenadas a desaparecer… y en el corto plazo. Esto quedará claro, y de manera brutal, al referirnos en la siguiente nota a algunos aspectos de la verdadera gravedad (silenciada por todo el espectro político chileno) de la actual crisis ecológica planetaria.


Master en Arqueología e historiador, coordinador del Grupo de Seguimiento de la Crisis Climática Mundial