Son varias las historias que se escuchan por acá, de gente que se vino con todo a hacerse la América, pero que terminó devolviéndose con la cola entre las piernas.  Es que la Patagonia parece muy dócil en temporada turística, pero eso es porque, acostumbrada al frío, no soporta bien el calor y se aletarga.

El clima ha ido cambiando, los glaciares retroceden rápido y ya no nieva tanto como antes. Pero igualmente es duro trabajar con 17 grados bajo cero, donde no puedes tomar un fierro a mano pelada y te llora la nariz,  y lo llorado se congela en tus labios.  Esos largos meses en que ni con demoledor de pavimentos logras hacer un agujero en la tierra, en que a ratos no pueden llegar ni cosas ni gente porque los caminos están reventados. En esos días el cuerpo solo te pide invernar, pero no se puede porque si no se persevera no se pasa agosto.

Y es que este territorio es domesticable, pero solo hasta cierto punto y aún se siente salvaje. Montañistas vienen a Aysén a practicar para hacer cumbres altas porque aquí existen condiciones de alta montaña a baja altura. Entonces todo es más difícil, desde secar la ropa hasta mantener una actividad económica que logre entregar un producto o servicio seguro. Es hermosa, pero te machaca y el puro entusiasmo no es suficiente para querer permanecer, se requiere porfiar hasta lograr un punto en que reponerse de los fracasos no se siente ni siquiera meritorio. Aquí los viejos hasta lo hacen verbo: “Aquí se aprende a pacienciar

El viento gélido forja una determinación que siempre camina a paso lento, pero que es casi imparable. El constante temple del carácter patagón les hace valorar por sobre las emergencias los objetivos, poniendo el tiempo en segundo lugar. Entonces teniendo la confianza de llegar, no existe apuro. Las necesidades de la ciudad pocas veces encuentran una solución óptima porque se proclaman de forma eruptiva, con grandes manifestaciones, pero que se extinguen rápidamente a manos del ajetreado vivir. Entonces impera la ley de mercado puesto que se necesitan soluciones rápidas y, bajo la tutela del “hacer las cosas en la medida de lo posible”, la gran mayoría de las voluntades se vuelven transables.

Esta diferencia me parece es lo único que puede explicar que en un territorio tan rico, prístino y bajamente poblado, tres proyectos con efectos ecológicamente adversos, pero extraordinariamente rentables, pudieran ser detenidos con la perseverancia de tan pocos. Por supuesto que hay quienes está dispuestos a “vender la patria”, pero es porque les importa menos o simplemente porque anhelan tanto la seguridad que esperan del desarrollo convencional que no están dispuestos a ver los aspectos negativos que este acarrea. Pero en su mayoría al patagón –el nacido y criado, el venido y para siempre quedado- no le gusta que vengan a destruir más.  

Primero fue Alumysa y ahora, pacienciando por 10 años, HidroAysén y Energía Austral. Resulta igualmente valorable que Enel esté invirtiendo en construir plantas de energía solar en el norte de Chile, persiguiendo el mismo objetivo, pero con mucho menor impacto. Pero lo más valorable es la lección que esta gente nos entrega: la perseverancia cambia poderosamente las posibilidades.