Los resultados electorales, tanto a nivel presidencial como parlamentario, generaron un nuevo escenario político caracterizado por la derrota del exitismo de Piñera y de ME-O, el fracaso del camino propio de la DC, así como por la victoria sorpresiva del Frente Amplio (FA) y la abultada votación del pinochetismo integrista de Kast. Los resultados de Guillier estaban dentro de lo esperado y pusieron a su coalición de centro izquierda en un rol relevante como articulador de gobernabilidad. El sorpresivo rendimiento electoral del FA ha opacado este dato, que no es menor, si se considera que los partidos que integran la Fuerza de la Mayoría han sido protagonistas de la política nacional de las 3 últimas décadas y se asocian a una presidencia de la República que ha sido atacada sistemáticamente por adversarios y “supuestos” aliados.

Todo indica que Piñera agotó la potencia de su discurso y que no serán sus decisiones o gestos los que dominarán la agenda política. El electorado está expectante respecto de lo que pase en el otro mundo, el de la izquierda y la centroizquierda, y esta atención constituye hoy día un crucial capital político que debe ser administrado en función de la derrota de Piñera y su proyecto neoliberal. Dado que ME-O y la DC ya expresaron su adhesión a la candidatura de Guillier, la principal cuestión política de hoy es si habrá o no entendimiento entre el FA y Guillier (respaldado por una potente coalición de 4 partidos cruciales en la política chilena de las últimas décadas: PPD, PS, PC y PRSD).

Teniendo en cuenta este contexto, ¿qué caminos conviene escoger al conglomerado de partidos que apoya a Guillier y al Frente Amplio? Hay dos experiencias distintas delante de nuestros ojos que, si las analizamos, nos pueden dar algunas pistas.

Está el caso español, donde el PSOE –partido que adhiere a la socialdemocracia- y Podemos –partido miembro de la Izquierda Europea- todavía no han logrado un acuerdo para alejar a Rajoy del Gobierno de España. Así, el primero se enclaustró por un buen tiempo en los recovecos que supuso la defenestración de su Secretario General y su 39º Congreso y hoy, intentando recobrar su ethos de izquierda, se enfrenta a una dinámica internacional perversa: el hundimiento de la socialdemocracia europea nacida de la Segunda Guerra Mundial. El segundo (Podemos), por mucho tiempo se quedó haciendo esfuerzos –infructuosos, al fin y al cabo- para dar el sorpasso a la socialdemocracia, para luego pasar a su Congreso Vistalegre 2 que tensionó a más no poder las relaciones entre dos líderes capitales de Podemos. En el intertanto Rajoy sacaba ventaja –hoy todavía empujada a su favor con el intento independentista de Cataluña-, y avanzaba con sus extremas políticas de ajuste, desafiando además a la democracia española con una terrorífica corruptela.

A la fecha, tanto el PSOE como PODEMOS observan como la derecha sigue firme en el poder, y ambos pivotean en torno a sus rencillas, mientras el sufrido pueblo español sigue esperando a que los socialistas y podemitas salgan del atasco. Por cierto, en Castilla-La Mancha de forma embrionaria se advierten algunas luces en el horizonte, allí el PSOE y PODEMOS han acordado su primer gobierno regional de coalición.

Por otro lado, está el caso portugués, donde las izquierdas transformadoras han decidido apoyar al gobierno socialista de Antonio Costa. Allí, al igual como se preguntaba hace más de un siglo Lenin, ¿qué hacer? ¿Buscar alianzas, acuerdos programáticos puntuales o pactos de disidencia cuando el contexto es más favorable y puede, al menos, producir un cambio de gobierno? O, por lo contrario, ¿centrarse en un trabajo de fortalecimiento a largo plazo con el objetivo de construir una nueva hegemonía? (por cierto, estas dos vías no parecen ser excluyentes).

En la actual coyuntura es bueno recordar el presente y exitoso gobierno de Portugal, cuando el gobierno de derecha, aun quedando en primer lugar de la contienda electoral, no logró, en octubre de 2015, mayoría suficiente para gobernar, surgió entonces la propuesta de un gobierno de toda la izquierda, donde fuerzas de izquierda como el  Partido Comunista de Portugal coaligado con el partido Ecologista “Os Verdes”, a los que hay que sumar el Partido de Personas, Animales y Naturaleza y el Bloco de Esquerda se mostraron proclives a favorecer un gobierno del Partido Socialista en solitario. No formarían parte del mismo -renunciaban a asumir esa responsabilidad, a participar en el posible desgaste consiguiente–, pero, a cambio, se comprometían, mediante acuerdos bilaterales firmados con el Partido Socialista y entre sí, en un programa de gobierno de objetivos mínimos para toda la legislatura (2015-2019) que sería compatible con el mantenimiento de los objetivos máximos específicos de cada una de ellas.

Es cierto que la gestación del pacto entre el socialismo portugués y resto de la izquierda portuguesa fue muy trabajoso; no obstante, arribó a buen término bajo la premisa común de combatir las políticas de austeridad extrema y de expulsar a la derecha del poder, y después de llegar al convencimiento que el acuerdo sería muy beneficioso para la gran mayoría de los ciudadanos y también para los partidos pactantes.

Las políticas anti ajuste neoliberal que se han ejecutado en Portugal han sido un éxito, lo que ha permitido decir a un observador agudo como Emir Sader que, el gobierno del Portugal “va muy bien, es más popular que nunca y con resultados económicos y sociales muy positivos.”

Sugerimos que los herederos de Bachelet -recuperando el impulso original de la programática bacheletista-, especialmente al Partido Socialista y Comunista, teniendo a la vista el caso portugués, encaucen su acción hacia políticas transformadoras, de solidaridad y sostenibilidad, avanzando –de forma gradual pero decidida-  en una agenda posneoliberal.

El acuerdo con el Frente Amplio en una agenda posneoliberal permitirá no solo mantener alejada a la derecha del gobierno, sino que dicho entendimiento favorecerá profundizar políticas de efectivas mejoras de las condiciones de vida de mucha gente maltratada por el neoliberalismo, y que impliquen también trasladar poder a la ciudadanía.

Cabe no perder de vista que es el presidente de la República el que controla la agenda legislativa, y que dicha agenda puede ser enriquecida por la actividad parlamentaria del FA.

¿Qué acción política de Guillier es esperable en este sentido? Creemos que la respuesta está no en ofrecer al FA ser gobierno -ya que a los propios frenteamplistas no les interesa-, sino, en buscar y crear convergencias programáticas, como muestra la experiencia portuguesa, convocando al Frente Amplio abierta y concretamente a la construcción de pactos que nos permitan transitar hacia un Estado Social y Democrático de Derecho, y a la elaboración de una Constitución Política vía Asamblea Constituyente, donde éste debiera tener consagración.


Juan Manuel Reveco del Villar, estudió Derecho en la Universidad de Chile, FLACSO) y en la Universidad ARCIS en convenio con la Universidad de París XII Val de Marne y Eric Eduardo Palma es académico de la Universidad de Chile, Abogado. Magíster en Historia, Doctor en Derecho de la Universidad de Valladolid, España.