Chile es un país de poetas. Lo que no significa que todos lo seamos. Solo sucede que el país ha dado a la vida vates cuyas obras son de una enorme trascendencia.

Chile es un país corrupto. Lo que no significa que todos lo seamos. Solo sucede que el país ha dado a la vida a corruptos cuyas obras son de una enorme trascendencia.

Aquellos que llegaron para democratizar el país y superar la noche oscura de la dictadura, terminaron sucumbiendo a las expectativas en contante y sonante que ofrecía la connivencia cívica y cínica con los otrora funcionarios de la dictadura. El poder y la riqueza al alcance de la mano a cambio de la vista gorda del legado del tirano.

Ni hablar de justicia, reparación y verdad.

Pero la corrupción como costumbre diaria, como cultura, comienza con la dictadura de Pinochet, quien luego de alargar un discurso de decencia y valer militar, terminó sus días en medio del escándalo de sus robos, cuentas secretas, negociados, además de su  mujer y de sus hijos envueltos en turbias transacciones.

Por cierto, sus más cercanos oficiales, haciendo gárgaras con la mentada frugalidad militar, terminaron millonarios de la noche a la mañana.

La dictadura de Pinochet fue un régimen corrupto que regaló las empresas del Estado a sus adláteres. Fulgura con luz propia el regalo hecho a su yerno Julio Ponce Lerou, los extensos yacimientos de litio, cuyo valor hoy es incalculable, mismo sujeto que sobornó a cuánto político le pidió plata. Y que sigue donde mismo.

Muchos de los corruptos que siguieron al dictador en las faenas del Estado, se repitieron el plato en el ordenamiento político posdictadura. Como si nada, siguen hasta hoy, sin que se les llamara a dar cuentas por los roles jugados en la matanza, en la tortura y en la desaparición de personas. Y en el robo.

Pero no solo en la derecha. La peste de la corrupción se instaló también entre las huestes otrora de izquierda, y llegaría, como guinda de la torta, a la misma casa de la presidenta Bachelet, por la escabrosa y corrupta vía de su hijo Sebastián, los primeros días de su inútil segundo gobierno.

Muchos personeros de los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría terminaron trabajando para los poderosos. Es decir, de travestidos izquierdistas, derivaron en millonarios hechos y derechos.

La corrupción lo corroe todo, y no hay institución estatal que esté a salvo. Un fiscal, ni corto ni perezoso, ha determinado que en esa red de corruptos financiados por empresas que luego cobrarían sus aportes en prestas leyes que les beneficiaran, no hay un solo delito. Solo una falta en el pago de los impuestos.

En paralelo, las Fuerza Armadas, esas que se dicen la reserva moral de la patria, han vivido su propio festival de escándalos relacionados con el robo de lo que se supone es de todos los chilenos.

Extensas redes de altos oficiales corruptos se han llevado increíbles sumas de dinero del erario para su propio beneficio. Los generales y almirantes gozan de un estándar de vida propio de millonarios. De corruptos.

A las coimas detectadas en la compra de material bélico, se suman ingresos por contratos fraudulentos, dobles pensiones, distracciones de dineros de los fondos que proviene del cobre,  y, en el caso de Carabineros de Chile, se descubre el más grande caso de corrupción que ha afectado al Estado: una perfecta red de uniformados de alta graduación se esmeraron en llevarse para sus casas sumas estratosféricas que de tan grandes, jamás se sabrá su real cuantía.

En estos tiempos, no ha habido una semana sin que se conozca algún caso relacionado con políticos o militares metiendo las manos. O con instituciones del Estado re podridas en chanchullos de dineros. ¿Cuántos diputados y senadores han sido financiados al margen de la ley y la ética?

Por estos días estalla en las manos de Bachelet otro caso de corrupción.

Quedaron al descubierto operaciones sucias que buscaban perfeccionar la persecución al mapuche por la simple vía de pasarse el Estado de derecho por el perineo: falsificar pruebas, mentir en los estrados, falsificar instrumentos públicos con la rapidez y agilidad necesarias para dejar tranquilos a los empresarios madereros, latifundistas y grandes empresarios camioneros, que más de un aporte han hecho a los investigadores.

La Operación Huracán, ese montaje al margen de la ley, dejo escombros y fetideces a su paso.

Da la impresión que el subsecretario de Interior, turbio agente múltiple, la Agencia Nacional de Inteligencia, hoyo negro de la falsa democracia y el mismo Cuerpo de Carabineros, en manos de ladrones con charreteras, se mandaron solos.

Parece que sobre esa gente no hubiera autoridad alguna que supervise y fiscalice sus acciones.

Pero la hay, y esa es la presidenta Bachelet.

No deja de llamar poderosamente la atención que el general director de Carabineros siga en su puesto luego de estos escándalos. Mendoza, el general rastrero, renunció cuando se le comenzó a desgranar el choclo.

El fracasado e innecesario segundo gobierno de Michelle Bachelet comenzó con un episodio de corrupción ni más ni menos que actuado por su hijo y por su círculo selecto, y termina ahora en la más completa deshonra.

La Nueva Mayoría que intentaba salvar la degradación final de la Concertación, termina su intento entre escándalos que hacen de este un país corrupto.

Y no hace falta que todos seamos corrupto para que así sea.

Basta que la casta, costra, de políticos, empresarios y uniformados que son los que realmente mandan en este país, hayan caído en las prácticas sistemáticas de la corrupción y que en ese tránsito hayan capturados a las instituciones supuestamente obligadas por el tan cacareado Estado de derecho para no solo prever estas prácticas tan criticadas de la boca para afuera,  sino que para combatirlas y castigarlas.

Michelle Bachelet gobernó en contra de la gente y a favor de los poderosos. Se corrompió por la vía de dejar que se corrompieran sus más allegados.

Su egolatría que buscaba en un segundo gobierno la opción de reivindicar el pobre cometido de su primera vez, la llevó a un descalabro de tal magnitud, como solo puede ser la tragedia de coronar a un sujeto como Sebastián Piñera en la presidencia de la república, también por segunda vez.

Quizás ese hecho sea la mejor síntesis de la suma escalofriante de sus desatinos y su cometido contrario a la gente y en pro de los ricos, de sus amigos uniformados poderosos y corruptos.

Su gestión estuvo marcada desde su primer día y hasta el último, como un continuo  que va a terminar sepultado por el peso terrible de la impunidad, el silencio y quizás qué muerte accidental de alguien que sabía demasiado.

Y cuando la historia intente descubrir la real profundidad de un legado infame, corrupto y traidor, deberá decir solamente: por aquí pasó Michelle.