Definitivamente, si no escribo sobre el Día de los Enamorados en este pasquín desconcertante y contestatario, nadie lo hará. Como no es una denuncia es urgente que invente un artilugio para que lo publiquen. El lado fácil es manifestar la manipulación comercial de los afectos más sublimes por parte del mercado, pero eso estos lectores ya lo entienden y tienen internalizado, los mayores desde el tiempo de las peñas folclóricas y de Sol y Lluvia, los más jóvenes en conciertos underground con entradas de Ticketmaster.

Con la pretensión de asegurar un espacio en este pasquín zurdo, como dijo el padre Francisco (Papa fue Juan XXIII) pienso entregar este texto (gozando de la licencia que me da ser uno de los primeros colaboradores, antes de contar con verdaderos columnistas) aunque no encuentre ningún revolucionario destacable, un Ho Chi Minh del amor que elevar a la altura de un santón, pero el materialismo dialéctico y el otro no son propicios para sentimentalismos que pueden ser hasta contrarrevolucionarios. Pero ahora se han cambiado las consignas callejeras por el micrófono ese de la lucecita roja en el Parlamento en que se vocifera ordenadito uno primero y otro después (no estoy pensando en los muchachos de hoy que están en marcha blanca todavía, sino en los de la época de la Marcha de la Patria Joven y del Tren de la Cultura, esos políticos que nos han decepcionado tanto). Pienso también en los brigadistas que dejaron los muros de las barriadas por las galerías de arte y cambiaron las brochas por pinceles (el Mono González al menos no se ha afeitado el bigote). En quienes después de arrojar el último puñado de panfletos arriesgando la vida optaron por un set de formularios para postular a un fondo concursable. Entonces me atrevo, fíjense, a declararme partidario de un Día de San Valentín y hasta seguir sus ritos. Creo que todos han abdicado de la lucha revolucionaria que alguna vez iniciaron, y no por el amor de una mujer (nótese el tinte machista), sino por un buen puesto en el Estado. Sin ir más lejos, Manuel Rodríguez fue ministro de Hacienda en el gobierno de Carrera, como también Ernesto Guevara ocupó la cartera de Industria, en Cuba.

Así es como son muchos los que no se privarán de comprar chocolates y hasta rosas, invitar a cenar al restorán más caro que puedan pagar, indicio de insoslayable decadencia pequeño burguesa absolutamente perdonable en el relativismo del chileno. Mal que mal no estamos en Corea del Norte, donde no existe una celebración tan superflua, ni en Venezuela, donde no se pueden dar el lujito. Además en Cuba se celebra desde el 14 de febrero de 1841 y la Revolución no le hizo mella a la costumbre y sigue siendo transversal entre compañeros y anticastristas. Si Violeta Parra se mató por amor, entonces matémonos por conseguirlo y celebrarlo, en su honor.

Como para salvar la causa, existe una pareja chilena que siempre me ha sobrecogido y si bien izquierdista y católico él y católica nomás ella, pudo más el amor de dios y el amor al hombre, al ser humano, al hermano que sufría la explotación capitalista en las fábricas, en el agro, en las oficinas públicas y en la escuela primaria. Una pareja que renunció a su amor humano para librar la lucha por el prójimo desde donde mejor sabían hacerlo (es el mismo caso de Francisco el de Asís y Clarisa, que fundaron cada uno su Orden). De Clotario Blest sabemos todo; ella, hija de una acaudalada familia de Zapallar, se llamaba, o era, la Teresita Ossandón Guzmán, quien fundara la AJCF; Asociación Juvenil Católica Femenina, en una época en que la respuesta a la pobreza era la caridad, y se abocó a ello. Carmelita descalza, murió en la paz del Señor en 1987.

El poema de amor más estupendo lo escribió un cura revolucionario, Ernesto Cardenal: “Al perderte yo a ti / tú y yo hemos perdido / pero de nosotros dos / tú pierdes más que yo”. Eso se lo dije en persona y repetí mentalmente zaherido cuántas veces a todo un panteón de chiquillas, pero si me vieran ahora tendría que comerme mis palabras.

El otro madrigal, el más verdadero (algo así como el más mejor) sigue siendo a mi juicio el de Gutierre de Cetina: “Ojos claros, serenos / si de un dulce mirar sois alabados”, en que la de mirada airada era una doncella de la burguesía renacentista toscana, como lo delatan sus ojos claros. Se llamaba Laura, pero eso no les importa más que a ellos. Si hubiera sido chilena, la imagino de Ñuñoa, de casa con parrón, bajo el cual el abuelo hubiera enterrado sus discos del Quilapayún que nadie nunca más buscará. Hija de un funcionario de algún ministerio desfinanciado, como el de Cultura, tendría una selfie con sus ojos claros, serenos, en su perfil de Facebook.

Sin embargo, la ideación del amor no es la familia, el compromiso ni la casa propia -crédito hipotecario mediante-, sino el romance y su puro roce y goce. Nadie se abalanza al cuello del otro y pringarlo de besos con las bolsas del supermercado en cada mano. La pasión no engendra (“Desde el fondo de ti, y arrodillado, / un niño triste, como yo, nos mira…”) y junto a la cama revuelta a veces surgen cunas impensadas, malditas sean. Aunque nerudiano, nunca fui nerudista. Siempre detesté al Neruda persona (¡fue bien maricón el hueón!) y a todos los infieles (no hay que escupir pal cielo, me diría alguien). No amo los marineros que besan y se van y se reinician como un PC.

En esta sociedad exitista, hay un error conceptual en este día, y consiste en presumir de antemano el triunfo también en este aspecto. Alguien a quien llevarle o de quien esperar rosas. Pero somos muchos los que encendemos la filmadora Super 8 o el Betamax a sabiendas de que el sustrato ya no es compatible. La mano por algo tiene esa forma de paleta para agarrar el vacío.

¿Dónde estará la Guillermina? Esta otra Guillermina –entre tantas– que pudo ser y no fue, resentida acaso por mi timidez y mortificada por la suya, sin embargo se libró de un destino que estoy seguro hubiese llevado con la misma sana modestia que le imagino conserva hasta hoy, con ese encanto de joven universitaria alegre sin causa.

Algún día podré escuchar Pompa y Circunstancia, de Edward Elgar (esa música que ponen en las graduaciones) sin acordarme de la Bernardita. Tras los mismos 35 años que nos han hecho padres y abuelos, se me ocurre que se acuerda de mí cuando por casualidad alguna vez escucha en la radio ese tema de Francis Cabrel: “La quiero a morir”.